El tren de las seis
El sonido de lo que parecía ser un violín provenía del café donde se reunía una gran cantidad de fauna urbana cada miércoles. Era un lugar ameno con aires de viejo donde se ofrecía una infinidad de bebidas a elegir y un violinista que empezaba a tocar siempre a las seis en punto, siempre ese día de la semana. Mientras tocaba, escondía su mirada debajo de su sombrero, una especie de boina abombada que le daba la apariencia de ser tímido o que no le gustaba que sentirse observado mientras hacía lo suyo, pero la verdad era de lo más coqueto con las damas que asistían a escucharlo. Algunas hasta pensaban que era todo un zorro, más allá de tener orejas y cola color marrón.
-Claro que es un zorro. –Dijo la mesera tomándose su tiempo para dejar un par de copas y una botella de vino sobre la mesa- Sólo a los de su tipo se les ocurre tocar el violín de esa manera.
-¿A qué te refieres? –Le preguntó una de las gatitas que se relamían los bigotes mientras las que atendía- Mira como mueve esa cola. No puedes negar que tiene talento.
- Si por talento llamas a torturar al pobre violín para que suene como si estuviera cortando metal con un escalpelo oxidado… sí, es todo un maestro. –Contestó cínicamente mirando al zorro- Yo sólo espero que pase el tren y me haga feliz no escucharlo a él.
El problema que aquél músico solía tener era que, precisamente en esa hora que estaba en el café, el tren pasaba por la vías ubicadas justo enfrente del establecimiento. Y por si fuera poco, se tarda más de treinta minutos en pasar, haciendo chirriar sus ruedas contra el acero que marca su camino, como si tuviera toda la intención de no dejar que la clientela del café disfrute lo que el violinista interpreta. Más de una vez le preguntaron por qué sigue tocando a la misma hora. Por qué no tocaba una hora más tarde o una hora más temprano, cuando todos podrían escucharlo mejor. Pero él siempre respondía: “Es una hora especial, no puedo hacerlo a otra hora”.
En otros tiempos, cuando el zorro aún no había ofrecido sus servicios a la cafetería, la estación del tren solía ser ahí. Era un pequeño lugar que servía bebidas a los recién llegados mientras esperaban que algún amigo o familiar los recogiera. Pero con el crecimiento del pueblo, el gobernador decidió que la terminal debería ser mucho más grande y por lo tanto, la necesitaban fuera, donde pudieran construir un coloso que soportara la cantidad de transeúntes que ahora arribaban a todas horas.
Georgina, la mesera, trabajaba ahí desde entonces. Ella había visto el progreso de aquél negocio, de ser una mera cafetería de paso a quedar huérfana de la estación y convertirse en todo un foro para (como ella pensaba) artistas principiantes sin remedio. Sin embargo era una tortuga que amaba su trabajo y los asistentes del lugar la amaban a ella. Podían soportar que se tardara una eternidad en atenderlos y otra en entregar las órdenes a sus respectivos bebedores con tal de verla feliz. Era una tortuga con mal genio, pero por alguna razón se ganaba el corazón de todo aquel que pisara el lugar.
Uno de esos miércoles, el tren no pasó. El zorro estaba sentado en su banquillo de siempre, con el violín en las piernas. Todos lo veían con expectación así como él los miraba a todos esperando que algo sucediera. Después de unos incómodos minutos en silencio, dejó el violín en el suelo y se cruzó de brazos.
-Hoy no vino mi rival, me niego a tocar –dijo con una sonrisa compasiva en el rostro- sería demasiado fácil ganarle si no viene.







June 28th, 2009 at 1:48 pm
Wooo !!
Muy bueno… no veía venir ese final. Pensaba que era por el recuerdo de alguien que esperaba regresara en tren…
Muy bueno !
La alegoría me gusta. Es fabuloso (según la definición todoroviana) y tiene algo que te hace pensar por qué esos animales. Pero sin duda es más vívido y no necesitas explicar cualidades físicas con usar animales.
Me sorprendió mucho =)
Felicidades, Ían.
Jaa na !!