Letras hambrientas

Dirijo a ustedes esta carta con la intención de mostrar lo que mis letras hacen. Éstas vienen acechándome por varios años ya, se comen todo lo que hago que no tenga relación con ellas y si no les pongo un poco de atención cada día, se enojan al grado de negarse a aparecer en la hoja virtual de la pantalla.

Pero aunque sean unas ladronas, de voluntades y de vidas, son mis amigas. Supongo que soy algo masoquista. Por eso quiero contarles de ellas.

¿Por qué quiero hacerlo? Porque escribir mueve al mundo. Si no escribo, el mundo se detiene: todo se congela en un letargo indefinido que se expande por toda la ciudad y contagia a la gente que aprecio, a la que no, a la que atiende el café a donde me gusta ir a sentarme para imaginar encuentros, re-encuentros y accidentes automovilísticos bajo la lluvia; incluso contagia a mi gato, que me observa con cautela mientras miro la pantalla, esperando el momento perfecto para subirse a mis piernas en cuanto me descuide. Es como si la historia del mundo, o al menos de mi mundo, se quedara pausada a falta de una continuación; por no saber qué dirán las palabras que invadirán el siguiente renglón. Todo se vuelve aburrido y monocromático hasta que las palabras salen de mis dedos para continuar contando la anécdota que estaba pendiente o para empezar una nueva.

Creo que cuando se escribe, mágicamente cosas excitantes suceden en la vida de quien lo hace, la mueven a lugares y situaciones inimaginables, conoce a quienes pueden convertirse en sus mejores aliados o sus peores rivales y llegar a conocerlo más que él a sí mismo. Y no hay mejor manera de plasmar eso que en letras.

Escribir es existir, punto.


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