Es terrible esa enfermedad ocular de percibir al mundo. Comienza con el pensamiento, que incluso supuestamente se comprueba, de que esto no es grande, y luego aquello, después resulta que aquello junto a lo otro no es nada especial… Y así una cosa tras otra, todo a tu alrededor empequeñece, se encoge, pero en realidad eres tú quien se vuelve cada vez más pequeño o menos curioso, de cualquier modo cada vez menos dispuesto a dejarse encantar. Justamente con la misma velocidad con la que vas haciéndote adulto.
-Diferencias, Goran Petrovic. Pág. 19
Estoy amando ese libro. Mucho.
Nunca pierdan el arte de dejarse encantar, sí se puede; sólo hay que ser un poco niños, hasta la vejez.