Supongo que es común que uno se siente a teclear sus últimos días y que vuelva a viajar los pasos recorridos que en su momento funcionaron de una manera y con el recuento de cada paso uno se trata de entender a uno mismo.
Fuí a Tijuana, a Ensenada, a San Diego, a Los Ángeles y de regreso.
Tomé, comí, añadí lugares a mi mapa, conocí gente, abracé gente de esa que uno cree inalcanzable, la humanicé y lo disfruté. Yo viajé a todo ello.
Pero a mi regreso, el rojo viajó a mí y entre palabras, miradas y trayectos a pie, a mano, a latidos y es de esas veces que, simplemente, sabes.
Sabes que te hace bien, sabes que es un buen camino.
Sabes que viajaste en su mirada y fue mejor que todo lo anterior.
Sabes que quieres volverlo a hacer.
Una y otra vez.